Es una experiencia, todo hay que decirlo. En primer lugar, el viaje en sí: aeropuertos, controles de seguridad, anécdotas en el transfer, llegada al hotel... Pero, sobretodo, el buceo. Embarcarse cada día, equiparse, meterse en el agua y bucear. Dos, tres o cuatro veces al día. Y en cada inmersión, mil y una anécdotas y un millón de especies, que parece que a una se le fueran a saltar los ojos, de tanto mirar.
Viaje para repetir.
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